“La buena letra no
aprovecha a la ciencia;
es
un
adorno
en
el
papel
tan
sólo;
el estudio es mi meta y
no deseo otra cosa…”
Umm Al-Hasan Bint Abú
Yapar Al-Tanyáli
“…por mi vida, ahora
dime quien es mejor
poeta.
Si soy mujer por mi
naturaleza
mi poesía es hombre.”
Nabun Bint al Qiá`
“En estas sociedades
nuestras se desconocen las habilidades de las mujeres, porque en
ellas sólo se utilizan para la procreación, estando por tanto
destinadas al servicio de sus maridos y relegadas al cuidado de la
procreación, educación y crianza. Pero esto inutiliza sus (otras
posibles) actividades. Como en dichas comunidades las mujeres no se
preparan para ninguna de las virtudes humanas, sucede que muchas
veces se asemejan a las plantas en estas sociedades, representando
una carga para los hombres, lo cual es una de las razones de la
pobreza de dichas comunidades, en las que llegan a duplicar en número
a los varones, mientras que al mismo tiempo y en cuanto carecen de
formación no contribuyen a ninguna otra de las actividades
necesarias, excepto en muy pocas, como son el hilar y tejer, las
cuales realizan la mayoría de las veces cuando necesitan fondos para
subsistir”
Averroes,
siglo
XII:
reflexión
sobre
la
mujer
norteafricana
en
Disertaciones
y
opúsculos
Introducción:
Imagen actual de la mujer islámica
Debido
a muchos factores, por suerte o por desgracia, hoy día tenemos la
visión de una mujer islámica anclada en el medievo y sometida al
poder del hombre que la anula como ser humano y la coloca en un
segundo plano, o en ninguno, dentro de la sociedad islámica actual.
De este modo, comparando a las mujeres islámicas con las mujeres
occidentales, muy difícilmente podremos entender por qué y de qué
manera funciona la sociedad islámica y de qué modo ha evolucionado
mucho o poco desde la Edad Media.
En el
caso de Al Andalus parece ser que las mujeres se diferenciaron de
otras mujeres pertenecientes a otras sociedades islámicas1.
Estas ciertas diferencias vienen dadas por los elementos
hispanocristianos preexistentes, por la peculiar posición de la
mujer en la legislación visigoda (bastante preeminente comparada con
la franca) y los aportes beréberes.
Lo
que se pretende con este trabajo es reconocer el valor de la mujer en
estos tiempos de conquistas como elemento unificador de las “tres
culturas” de la Península Ibérica y como parte activa en la
evolución literaria, musical, espiritual y cultural andalusí. Por
ello, se intentará desmitificar a la mujer andalusí y liberarla de
la imagen clásica de cantora encerrada en un harén califal (debido
a la desacertada aportación de los orientalistas que ofrecieron esta
imagen mítica de las mujeres islámicas).
En
estas últimas décadas un importante grupo de investigadoras (y
algún que otro investigador) han emprendido un proyecto de
identificación y recuperación de las mujeres en Al Andalus, tanto
desde la perspectiva de las relaciones sociales como desde la
singularidad de algunas de ellas2.
Para
la realización de este trabajo se ha contado con la ayuda de
diversas obras centradas en el mundo islámico y sobre todo en el
mundo social andalusí; entre ellos: Julio Cortés, Miguel Cruz
Hernández, Gloria López de la Plaza, Reyna Pastor y Pierre
Guichard, entre otros.
En
estas sociedades tan complejas no cabe, de ninguna de las maneras,
que pudiera existir un único tipo de mujer; de este modo, iremos
analizando detenidamente cuántos tipos de mujeres se conocen en el
territorio de Al-Andalus y cuáles eran sus funciones dentro de la
sociedad andalusí; para finalmente adentrarnos en el espacio
reservado a la oración (la mezquita) y la actuación de la mujer
dentro de ese espacio, concluyendo con la posición de la mujer en la
Ley Coránica.
En
definitiva, veremos como la condición de la mujer ha cambiado
radicalmente a finales del siglo XIX y durante el siglo XX (con
respecto a la Edad Media y Moderna), aunque en nuestro país hoy día
se siguen dando ciertos comportamientos que podríamos calificar de
“medievales” con respecto a la mujer, creyendo aún que las
mujeres de las sociedades occidentales gozan de una mayor libertad
que las de las sociedades islámicas.
Así que vemos que el problema no era ser mujer musulmana, sino ser
mujer (al igual que lo era en el resto del mundo).
Mujeres libres
¿Qué
entenderíamos como “mujer libre” hoy día? En el mundo islámico
sería algo radicalmente distinto a lo que entendemos ahora como
“mujer libre”. En principio la mujer libre islámica sería la
mujer que no estaba encerrada en un harén, sino la que estaba casada
o sometida, en su defecto, a su padre o hermano. Estas mujeres son un
elemento secundario en la sociedad andalusí3.
En el
caso beduino la mujer siempre sería considerada como algo sagrado
que debe ser protegido de la profanación. De este modo, la mujer
desempeña un papel vital y único en la preservación del honor de
su clan4.
Bajo
el punto de vista europeo y actual, ambos modelos de preservación de
la mujer (tanto la libre como la esclava) serían formas de
enclaustramiento; y de ahí la identificación que hacemos hoy día
de la falta de libertad femenina con el velo. Ese velo fue tomado
como forma de preservar a las mujeres del deseo de los miembros de
otras tribus y de los extranjeros, sobre todo en las civilizaciones
urbanas del Próximo Oriente5.
Cabe destacar que los conceptos “harén” y “velo” son ya
conocidos en las sociedades preislámicas; aparecen en el Antiguo
Egipto, Grecia y en la cultura judeo-cristiana6.
El concepto de “velo” fue tomado por el Profeta durante un
período agitado en los comienzos del Islam, donde añade una aleya
con carácter excepcional y que determina enormemente la religión
musulmana, que introduce la ruptura del espacio; es decir, la
separación entre lo público y lo privado, entre lo profano y lo
sagrado; pero que va a orientarse hacia una segregación de los dos
sexos7.
Aunque la memoria colectiva lo haya olvidado hoy día, el velo era
algo característico de las tres grandes religiones monoteístas del
mundo; si no es de este modo, ¿qué sería entonces el velo que se
seguían poniendo las mujeres en las iglesias españolas hasta la
Transición cuando el párroco ofrecía a los fieles el sacramento de
la Eucaristía? ¿Acaso eso no es la necesidad de preservar a las
mujeres de las miradas ajenas?
Otra
contradicción con la visión europea es la negación al acceso a la
cultura que se les hacía a las mujeres libres. Sólo las esclavas
podían acceder a una educación refinada y, en casos concretos,
hijas o esposas de ulemas, y demás cargos importantes de la sociedad
andalusí, podían acceder a la cultura y convertirse en poetisas,
místicas, estudiosas del Corán e incluso juristas8,
sobre todo durante el período califal y durante los Reinos Taifas9.
Pero el problema no es que se negara la educación a una mujer por
pertenecer a un tipo determinado, sino que sólo accedían a la
cultura aquellas que pertenecían a clases acomodadas de la sociedad
andalusí (algo que hoy día ha cambiado en la sociedad española
afortunadamente).
Según
afirma Sánchez Albornoz10
en su obra El Islam de España y el Occidente, “los
musulmanes de España otorgaban a la mujer una singular libertad
callejera, de difícil vinculación con los usos islámicos; lo
prueban algunas noticias del Collar de la Paloma de Ibn Hazm y
varias conocidas anécdotas históricas. Y le concedían una
consideración y un respeto de pura estirpe hispánica.” Pero, bajo
mi punto de vista, esta visión de la mujer andalusí es bastante
simbólica y mítica; ya que me cuesta creer que en la Edad Media
alguna mujer tuviese una verdadera libertad de movimiento si había
nacido en una familia tradicional y de clase modesta; si echamos la
vista atrás (hace unos cincuenta años), las mujeres españolas,
salvo excepciones, sólo salían de su casa para hacer la compra y
trabajar, la que tuviera el consentimiento de su marido para hacerlo.
Según
El Collar de la Paloma11
las mujeres andalusíes (hispano-musulmanas) de clase alta llevaban
el característico velo como el resto de las mujeres islámicas,
estaban enclaustradas y vigiladas de la mejor forma posible. Sólo se
desprendían del velo en el círculo familiar o, en excepciones,
cuando estaban en presencia de un compañero de juegos de la
infancia. En realidad, la vida de las mujeres andalusíes no sería
muy diferente a la vida de las mujeres del resto del mundo musulmán.
Ese
enclaustramiento de las mujeres libres, legítimas, era más rígido
cuanto más honorable era el linaje; y estas mujeres con las que los
hombres contraían matrimonio no eran, salvo excepciones, aquellas a
las que se amaban. Para las cosas del amor estaban las esclavas,
sobre todo en el ambiente aristocrático y culto de las cortes
andalusíes del siglo XI12.
Cierto
es que en la Península Ibérica se alojaron tres formas distintas de
organizar la sociedad y de considerar a las mujeres. Pero es una
realidad que hubo procesos de contaminación y mestizaje entre las
tres culturas13;
así que mujeres musulmanas, judías y cristianas tuvieron un destino
bastante parecido; ya que, como apuntaba en la introducción de este
estudio, el problema no era ser mujer musulmana, sino ser mujer.
Mujeres esclavas
Como
hemos apuntado anteriormente, las mujeres retenidas en los harenes
eran las depositarias de la cultura, porque de ellas no se esperaba
el recogimiento ético y moral que se exigía a las demás mujeres
musulmanas14.
Como ocurre del mismo modo en el occidente cristiano, estas mujeres
eran las que daban “el tono” a la sociedad15.
Estas yawari incluso podían acceder fácilmente al estatuto de
esposas legítimas por medio de la emancipación o dando un hijo a su
dueño y convirtiéndose en ummahat awlad (concubinas madres,
emancipadas a la muerte del amo o dueño)16.
Las
esclavas siempre han sido un mito literario, sobre todo en el
Romanticismo del XIX; han sido los amores de los poetas (como así
viene indicado en El Collar de la Paloma). Tanto éstas como
las huríes del Paraíso, daban la nota de color a la sociedad y al
más allá. Por ello, estas mujeres enclaustradas en los harenes eran
envidiadas por otras tantas que llevaban el calificativo de “mujeres
libres”, toda una contradicción. Uno de los motivos por los que se
envidiaba de esta manera a las esclavas es porque eran las
destinatarias del amor de los hombres importantes de la sociedad
andalusí. Como ya se exponía en el capítulo anterior, normalmente
no se contraía matrimonio con quien se amaba realmente17.
Según
J.C. Vadet “el harén es un microcosmos al que su situación
artificial, su delicadeza y su exotismo también, aíslan del gran
mundo…contiene tantas esclavas cantoras como princesas y a menudo
estas últimas se amoldan al modelo de las primeras cuando no tienen
por madre una yariya…”18.
Las
esclavas eran las mujeres idóneas de las que los hombres se podían
enamorar fácilmente, ya que eran las que frecuentaban las fiestas
(de las cuales ellas son el principal ornamento) y las que no
llevaban velo. De este modo, la función de las esclavas es agradar y
seducir, mediante unos recursos vedados a las mujeres libres y a las
esposas legítimas. De ahí el gran atractivo que ejercen sobre los
hombres que las frecuentan. El dueño de una esclava piensa
reservarse los favores de ella, mientras que la esclava puede
enamorarse de otro hombre u otro hombre puede enamorarse de ella19.
A
parte de estar educadas para el placer intelectual y para el placer
físico, participan activamente en las tertulias masculinas, amenizan
con su música y canto las veladas en los salones o jardines
palaciegos. También se especializaban en trabajos de secretaría o
caligrafía y reciben una formación completa que les permite adornar
su conversación o redactar epístolas en prosa rimada20.
Incluso
tenemos algunos nombres de esclavas compradas para amenizar las
cortes andalusíes; entre ellas, la esclava cantora al-`Ayfa´
comprada por `Abd al-Rahman I, que cantaba antes en Medina, así como
a otras mediníes: Fadl y `Alam21.
Las esclavas cantoras eran muy cotizadas, sobre todo durante los
Reinos Taifas; incluso un solo señor poseía a varías de ellas.
En
definitiva, bajo mi punto de vista, ser mujer en Al Andalus era algo
arriesgado y quizás difícil de sobrellevar; ya que quizás muchas
de las mujeres libres (enclaustradas en su casa bajo dominio de sus
maridos) desearían estar encerradas en un harén califal rodeadas de
toda clase de lujos y tener la oportunidad de recibir una formación
específica, aunque siguieran viviendo en cautividad.
Mujeres místicas y cultas
Al
hablar de mujeres místicas hablamos de mujeres entregadas al
sufismo; es decir “estar con Alá sin otro vínculo fuera de Él”22.
Esta corriente no hace acepción de géneros.
La
precursora más sobresaliente en los primeros tiempos del sufismo fue
Rabi`a al-`Adawiyya de Basra; se volcó en las prácticas ascéticas
y cambió el canto profano por el canto al Amor Puro. También eran
destacadas dos sevillanas sufíes: Sol, llamada también Jazmín o la
Madre de los pobres (vivía en Marchena). La otra fue Nunca Fátima,
hija del cordobés Ibn al-Muthanna23.
Ambas vivían en la más absoluta pobreza como una elección propia
para favorecer el ejercicio del estudio y la espiritualidad24.
Las
ascetas de Córdoba disponían de una residencia denominada dar sukna
al-nisa' o salihat alnisa', según el testimonio aportado por
Ibn Sahl. Se dedicaban al culto, a la veneración divina y a las
obras piadosas, renunciando a los placeres de la vida. Por ello,
cuando una de estas ascetas optaba por contraer matrimonio, la
anomalía del acto desencadenaba una amplia polémica entre los
jurisconsultos.
¿Por
qué muchas de estas mujeres sobresalientes se dedicaron a la
espiritualidad? Seguramente porque era la única vía libre dentro de
la ortodoxia para las mujeres musulmanas cuyas inquietudes caminaban
hacia la profundización de su relación para con Dios; en
definitiva: el estudio, la piedad y el ascetismo25.
Pero
no sólo existían mujeres místicas y ascetas, sino que nos
encontramos con un gran número de mujeres piadosas,
tradicionalistas, katibas, alfaquías, lectoras del Corán, alimat,
escritoras de temas religiosos, predicadoras y santonas.
Durante
el período que va desde el siglo IX al XII, aparece un grupo de
mujeres que adquieren un protagonismo digno de estudio en la vida y
en la producción cultural26.
A estas mujeres cultas, que aparecen reflejadas en los diccionarios
biográficos27,
se les atribuye –por ejemplo- la creación de las “jarchas”
(versos finales agregados a poemas árabes escritos en lengua
romance). En ellas se canta al amado y se expresa el deseo de
reencontrarse con él28.
Tenemos
conocimiento de 116 hijas de ulemas de Al Andalus que destacaron por
su dedicación a la cultura profana. Estas mujeres y otras poetisas
(algunas esclavas) sobresalieron por su dominio de la gramática, de
la lengua y el derecho; y muchas de ellas se dedicaron al estudio de
las tradiciones coránicas29.
Algo
destacado en los diccionarios biográficos anteriormente citados es
la falta de libertad que tenían estas mujeres cultas, que sólo se
les permitía realizar sus actividades en un estricto ámbito
familiar y en el círculo de sus maestros30.
Incluso cuando estas mujeres estudiaban fuera del ámbito familiar,
lo hacían acompañadas de sus padres o esposos. Y si ello no era
posible, se recurría al método del velo entre maestro y alumna.
Durante
la segunda mitad del siglo XI, en pleno auge del reinado de Al Hakam
II, se crea la Biblioteca Califal de Córdoba; convirtiéndose en el
mayor centro de difusión cultural del occidente de la época31.
Allí no sólo tenían acceso los hombres más distinguidos y
notables de la época, sino las mujeres dedicadas al estudio que
rondaban la sede califal. Entre ellas destaca una esclava de Al Hakam
II, Lubna, que ejercía funciones de traductora y experta en cálculo,
métrica y caligrafía. También eran asiduas a esta biblioteca
mujeres libres y adineradas; como es el caso de Aisa bint Ahmad Ibn
Muhammad Ibn Qadim, erudita y gran poeta. Entre otras, la mawala
Fátima bint Zakariyya Ibn Abd Allah as-Sabular de los Banú Umayya,
que ejercía de calígrafa en la Biblioteca; y la esclava emancipada
por Al Hakam II, Radiya, convertida a mawala del Califa y trabajó
como katiba (sistematizar y organizar la correspondencia, poseyendo
el “sello califal”) y recitadora del Corán32.
Otras
mujeres destacaron en el campo de la jurisprudencia y la aplicación
de la legislación islámica (figh); sobre todo las cordobesas Ibnat
Said al-Balluti e Ibnat Faiz al Qurtubi (especialista en comentarios
y explicaciones del Coran o tafsir)33.
Pero
quizás la mujer culta más conocida de todo Al Andalus sea Wallada
Bint Al-Mustakfi, la poetisa aristócrata de los Reinos Taifas y
amante de Ibn Zaydun34.
Caracterizada por su vida libertina y por sus reuniones con los
hombres más notables y cultos de toda Córdoba. Entre sus famosos
poemas, destacamos:
“Sobre
el hombro derecho llevaba escrito este verso:
Estoy
hecha, por Dios, para la gloria,
y
camino orgullosa, por mi propio camino.
Y
sobre el izquierdo:
Doy
mi poder a mi amante sobre mi mejilla
y
mis besos ofrezco a quien los desea.”
“Cuando
caiga la tarde, espera mi visita,
pues
veo que la noche es quien mejor encubre los secretos;
siento
un amor por ti que si los astros lo sintiesen
no
brillaría el Sol,
ni
la Luna saldría, y las estrellas
no
emprenderían su viaje nocturno.”
Mujeres piadosas y mujeres en torno a los
cementerios
Las
fundaciones pías eran el ámbito religioso donde se movían las
mujeres laicas, que normalmente pertenecían a una alta condición
social. Estas mujeres protagonizaron iniciativas fundacionales de
tipo piadoso; aunque por objetivos sociales y políticos, ya que una
fundación pía requiere una inversión que no estaría al alcance de
una mujer con pocos recursos económicos y de una baja condición
social: aportaciones económicas para la creación de lugares de
culto o restauración de mezquitas. Antes del siglo XIV no tenemos
noticias de donaciones particulares de carácter piadoso o caritativo
realizadas por mujeres, pero es posible que existieran con
posterioridad35.
Estas mujeres eran, sin duda, parte activa en la creación y
modificación urbana.
Estas
obras de caridad se hacían por un motivo bastante trivial: por
rivalizar con las demás favoritas del Califa o de los grandes
señores. Casi todas estas mujeres llevaron a cabo una obra pía
donde se colocaba el nombre de la fundadora36.
Todas estas mujeres querían llegar a ser buena hija, buena esposa,
buena madre, buena creyente y buena cuidadora (la saliha medieval).
En la
Córdoba Omeya incluso había mujeres que fundaban cementerios, a
parte de visitarlos. De esa visita a cementerios podemos decir que es
un elemento más en la vida pública de las mujeres musulmanas; es
una permanencia de la relación con los parientes fallecidos lo que
se plasma en esas visitas a los cementerios37
y donde estas mujeres acuden vestidas de blanco (color del luto
islámico en occidente). A parte de ser una acción en recuerdo a los
fallecidos, es un lugar donde los hombres abordan a estas mujeres
incluso ayudados por alcahuetas.
Algunas
de estas mujeres ejercían de plañideras en los cementerios
(na`iha), aunque es un oficio reprobado por el Islam y de carácter
específicamente femenino38.
Este ejercicio es desarrollado legalmente a cambio de un salario,
pero lo común es que cualquier mujer actúe de plañidera a la
muerte de un familiar o un vecino. Estas últimas pertenecerían a
una de las dos categorías que se conocen de plañideras, en cuya
actitud prima el llanto. El otro grupo, el de las profesionales, son
característicos los gritos y los golpes acompañados de lloros.
Debido a que estas manifestaciones están prohibidas, son castigadas
dependiendo de las veces que cometan estas acciones. Lo condenable no
es que expresen su dolor, sino que lo hagan en público; ya que las
mujeres son las depositarias del honor familiar39.
Aunque también es cierto que el ámbito del cementerio es un lugar
relajado para las mujeres, donde el control de los miembros
masculinos de la familia casi desaparece. Pero debe añadirse que en
la legislación estaba prohibido que las mujeres acudieran a los
cementerios, aún así siguieron acudiendo al cementerio después de
la oración del Viernes en la Mezquita Mayor desde el siglo IX al XV.
En
los aledaños al cementerio se colocaban puestos donde se vendía
bebidas y comidas, y las mujeres colocaban tiendas de campaña para
preservar su intimidad y también para recibir las visitas de los
hombres que se interesaban por ellas. Este hecho podríamos
compararlo con la función de la Misa del Domingo en las iglesias
católicas, donde los amantes se encontraban para intercambiar
miradas y gestos mientras los demás fieles rezaban y escuchaban la
oración del párroco.
La mujer en la mezquita
Las
mujeres al estar equiparadas al mismo nivel que los hombres en el
Corán, al no ser creyentes de segundo orden, deben practicar los 5
Pilares de la misma manera (o a veces con excepciones según el caso)
que los creyentes de sexo masculino.
Con
respecto a la Profesión de Fe o Sa`hada -a parte de cumplirla- deben
comprometerse a respetar unas normas de actuación que se refieren a
los “delitos sexuales” (adulterio y sus consecuencias). También
se les obliga a jurar sobre la unicidad de Dios y su futura
obediencia respecto a los preceptos islámicos y las autoridades
religiosas temporales40.
A parte de este Pilar, existe un precepto relacionado con la Oración;
es decir, la purificación y ablución. La ablución o al-wadu debe
realizarse antes de orar, mientras que la purificación o at-tahur es
obligatoria para la oración del Viernes, el primer día de Ramadán,
el día del Sacrificio del Carnero, al entrar en La Meca, por
arrepentimiento y tras la menstruación o parto41.
Estos ritos son lavados de ciertas partes del cuerpo, en el caso de
la mujer desciende el número de miembros a lavar. Pero, por ejemplo,
la mujer que acaba de menstruar debe purificarse frotándose la cara
y pasando sus manos sobre todos los miembros y articulaciones. Es
algo bastante curioso y ejemplificador con respecto al trato y la
relación de la mujer con la oración, la invalidación de una
oración si alguno de los participantes sufre una hemorragia, algo
muy frecuente en las mujeres. En tal caso el imán o la propia mujer
debían purificar la sangre y repetir la oración. También la
ablución queda invalidada por una hemorragia durante la misma42.
Por tanto, no es que se negara a la mujer para la realización de
ciertas acciones, sino que por medio de prohibiciones aparentemente
generales para todos los creyentes se marginaba automáticamente a
las mujeres.
Las
mujeres para orar debían llevar cubierto todo el cuerpo excepto la
cara, las manos y los pies. Si era esclava podía dejar al
descubierto sus brazos, aunque se recomendaba que sólo llevaran
descubierta la cabeza. Para la oración privada las mujeres llevaban
ropas más cómodas; de todos modos, el pelo debía recogerse antes
de la oración, pero no durante la misma43.
El calzado no podía ser de cuero crudo, pero sí curado o de lana.
Con
respecto a la Oración del Viernes las mujeres eran colocadas en
diferentes lugares dentro de la Mezquita Mayor: las casadas se
acomodaban en las últimas filas (detrás de los muchachos y éstos
detrás de los hombres), las jóvenes vírgenes no estaban obligadas
a ir a la Mezquita (sólo si hubiese un lugar apartado para ellas,
lejos de las miradas de los demás musulmanes y totalmente tapadas).
Al acabar la oración salían de la Mezquita todas las mujeres y
luego los demás fieles. Tampoco iban a la Oración del Viernes las
mujeres afectadas por la impureza legal (menstruación o retiro legal
por viudedad o divorcio). Las mujeres menstruantes son consideradas
como impuras y no deben orar, volverse a La Meca, leer el Corán, ni
entrar en una mezquita. Según aparece en los textos, en Al Andalus
existía un escaso fervor religioso por parte de las mujeres; sobre
todo las valencianas.
Las
mujeres practicaban el Ramadán a los 14 años o antes si ya tuviesen
la menstruación. Las mujeres en avanzado estado de gestación y las
lactantes podían negarse a ayunar si ello conllevaba un riesgo para
su salud o la de su hijo44.
A cambio debían compensar su exención dando de comer a un pobre y
recuperando el ayuno tras el parto y la consiguiente purificación o
después del destete, en su caso. La mujer que está menstruando
puede llegar a tener prohibido el ayuno, porque su impureza la hace
ser indigna a Dios45.
La
limosna legal (zakat) debe ser pagada por hombres como por mujeres.
Sin embargo la limosna voluntaria se engloba dentro de las obras
pías, de este modo están llamados a ella tanto hombres como mujeres
(como vimos en el capítulo anterior)
Las
mujeres debían contar con el consentimiento del marido para realizar
la Peregrinación a La Meca; éste no podía impedírselo, pero si
retrasar el viaje46.
De la misma manera que la presencia de las mujeres en la Mezquita, se
intentaba que durante las tres procesiones rituales de La Meca las
mujeres no estuviesen presentes: por ello si comenzaban a menstruar
debían abandonar las ceremonias (ya que se encontraban en estado de
impureza) y no se permitían ni relaciones sexuales ni bodas durante
la Peregrinación. Durante esta Peregrinación debían ir cubiertas y
no cortarse el pelo durante su estancia en La Meca; tampoco se les
estaba permitido realizar ceremonias de fuerte contenido tradicional
(por ejemplo las carreras de la procesión de la llegada o la del
monte `Arafa)47.
En
definitiva, las mujeres sólo podían actuar en un ámbito espacial
estrictamente femenino y si sentían la necesidad de salir fuera de
él, sólo encontraba obstáculos a su paso e impedimentos.
Condición de la mujer en el
Corán
A
continuación es preciso destacar algunas breves cuestiones sobre las
mujeres que aparecen en el Corán y no han sido resaltadas en los
capítulos anteriores.
Al
comparar el Antiguo Testamento con el Corán y el tratamiento que se
hace de la mujer en ambos libros sagrados, me llevé una grata
sorpresa al ver cómo es exagerada la mala prensa que se hace sobre
las costumbres islámicas con respecto a temas puntuales sobre el
mundo femenino, el matrimonio y la familia (por ejemplo, los castigos
y malos tratos a las mujeres); ya que, cierto es que se propone en el
Corán el castigo corporal a las mujeres que no llevan a cabo sus
funciones de “buena esposa”, “buena hija”, “buena madre”,
etc...48;
pero no con tanta crueldad como aparece en el Antiguo Testamento49
(aunque ninguno de los dos caso es para nada justificable desde el
punto de vista de los Derechos Humanos).
En lo
único que equipara el Corán a hombres y mujeres es en cuanto a la
fe, ambos son creyentes de primer orden.
Con
respecto a los castigos que deben darse a las mujeres esclavas, que
son tomadas como esposas por sus amos, que vuelven a casarse o son
adulteras, explica que deben sufrir la flagelación y añade que es
la mitad del pecado que sufriría en ese caso una mujer libre50.
Según
la traducción del Corán en la Edición de Julio Cortés “los
hombres tienen autoridad sobre las mujeres en virtud de la
preferencia que Dios ha dado a unos más que a otros y de los bienes
que gastan”51;
es decir, que en el mismo texto sagrado ya se coloca a la mujer en
segundo plano por puro “capricho divino”. Y a continuación, en
esa misma aleya, Dios en boca del Profeta añade que “las mujeres
virtuosas son devotas y cuidan, en ausencia de sus maridos, de lo que
Dios manda que cuiden”; en resumen, que en primera estancia el
marido es el señor de la casa y en ausencia de él, Dios es el señor
de la casa. Las mujeres no sólo se someten a Dios sino a los
hombres, y estos últimos sólo rinden cuentas ante Dios.
En el
Corán también hay lugar para las normas de educación y de
modestia: explica cómo debe ir las creyentes y cómo deben actuar:
bajando la vista con recato, que sean castas y no muestren más
adorno que los que están a la vista, que cubran su escote con el
velo y no exhiban sus adornos sino es a los miembros del entorno
familiar52.
En
consecuencia, es sabido que si alguna musulmana no sabe cómo actuar
en un momento determinado debe acudir al Corán o a la Sunna; dónde
se explicará con detalle todo lo referente a los modos de
comportamiento en sociedad y los derechos y deberes de los creyentes.
Conclusión
Final: ¿Ha
cambiado la vida de la mujer musulmana?
En
realidad no me atrevería a negar esta pregunta con total rotundidad.
Es cierto que en todos los países islámicos las mujeres no actúan
de la misma manera ni son tratadas de igual forma. Quizás los
ejemplos más radicales de lo que podríamos llamar en occidente “mal
trato a las mujeres” estaba en Afganistán con el antiguo régimen
talibán o en Irán años atrás. Aunque también podríamos añadir
las prácticas preislámicas (como la ablación), que hoy día nos
horroriza tanto en el resto del mundo “civilizado”.
Pero
en definitiva podríamos afirmar, de forma titubeante, que aún
quedan muchos siglos para la liberación de la mujer islámica o
quizás no ocurra nunca, ya que esa forma de pensar “a lo
occidental” quizás no encajaría en el sistema o en el pensamiento
islámico. Podríamos decir que son “dos mundos a parte”; aunque,
en realidad, bajo mi punto de vista la mujer andaluza de hace unos
100 años no distaba mucho de una mujer islámica.
También
es cierto que a una mujer se le trata de determinada manera
dependiendo de su estatus social. Ejemplos tan claros como los que
tenemos en Al Andalus son esenciales para comprender por qué
existieron mujeres tan cultas y eruditas en el medio andalusí (algo
que en la Europa cristiana medieval era casi inexistente); aunque
sabemos que no todas eran hijas o esposas de ulemas y demás
personalidades, ya que las esclavas palatinas también tuvieron
acceso a una formación específica. Aún así este hecho se ha ido
repitiendo a lo largo de la historia de las mujeres: sólo accedían
a la cultura aquellas que tenían los medios suficientes para no
tener la necesidad de trabajar y dedicarse al estudio; con excepción
de las que daban su vida a Dios y vivían enclaustradas en los
conventos.
Finalmente
sólo añadir que la situación de la mujer ha cambiado poco a lo
largo de la historia (excepto durante el siglo XX en occidente) sea
cual sea la civilización en la que las mujeres se muevan; han sido
siempre un elemento de segunda clase, un objeto sexual y un mecanismo
reproductor. El problema es que en el mundo islámico no ha cambiado
nada, o a penas nada, la situación de la mujer; y es por ello por lo
que llama tanto la atención hoy día, porque es el resquicio de cómo
se ha considerado siempre a la mujer, cosa que la memoria colectiva
olvida y acusa a otras civilizaciones de inhumanas como si el llamado
“mundo civilizado” o “primer mundo” hubiera resurgido de la
nada con la Declaración de los Derechos Humanos impresa.
1
Flapish-Zuber,
Christiane;
Galmani,
Georges;
García
Ohlrich,
Cristina;
Historia
de
las
mujeres
en
occidente,
La
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4
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de
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islámica
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Estructura
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de
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9
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El
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13
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La
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15
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Pierre;
Al-Andalus.
Estructura
antropológica
de
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islámica
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Granada,
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116.
20
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Georges;
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La
Edad
Media,
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p
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21
Fernández
Manzano,
Reynaldo;
De
Santiago
Simón,
Emilio;
Música
y
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sur
de
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Comité
de
Honor
del
Legado
Andalusí,
Reales
Alcázares,
Sevilla,
5
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1995,
p
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22
Según
Yunayd
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obra
de
Juan
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Pacheco,
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27
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Media,
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28
Pastor,
Reyna;
Textos
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la
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mujeres
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Edad
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Al-Andalus
y
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Cristianos
medievales;
en:
Textos
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la
historia
de
las
mujeres
en
España;
Madrid,
1994,
p
126.
30
Flapish-Zuber,
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de
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34
Pastor,
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medievales;
en:
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historia
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las
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en
España;
Madrid,
1994,
p135.
44
Conferencia
“El
Ramadán”
dentro
del
Ciclo
de
Conferencias
“Navidad
dulce
Navidad”
(Dr.
Miura
Andrade),
Universidad
Pablo
de
Olavide,
2004.

La mujer en Al Andalus desde la Literatura Medieval y el Corán. por Laura Tinajero Márquez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Basada en una obra en lauratinajeromarquez.blogspot.com.
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