martes, 28 de febrero de 2012

La mujer en Al Andalus desde la Literatura Medieval y el Corán.


La buena letra no aprovecha a la ciencia;
es un adorno en el papel tan sólo;
el estudio es mi meta y no deseo otra cosa…”

Umm Al-Hasan Bint Abú Yapar Al-Tanyáli



“…por mi vida, ahora dime quien es mejor
poeta.
Si soy mujer por mi naturaleza
mi poesía es hombre.”

Nabun Bint al Qiá`



En estas sociedades nuestras se desconocen las habilidades de las mujeres, porque en ellas sólo se utilizan para la procreación, estando por tanto destinadas al servicio de sus maridos y relegadas al cuidado de la procreación, educación y crianza. Pero esto inutiliza sus (otras posibles) actividades. Como en dichas comunidades las mujeres no se preparan para ninguna de las virtudes humanas, sucede que muchas veces se asemejan a las plantas en estas sociedades, representando una carga para los hombres, lo cual es una de las razones de la pobreza de dichas comunidades, en las que llegan a duplicar en número a los varones, mientras que al mismo tiempo y en cuanto carecen de formación no contribuyen a ninguna otra de las actividades necesarias, excepto en muy pocas, como son el hilar y tejer, las cuales realizan la mayoría de las veces cuando necesitan fondos para subsistir”

Averroes, siglo XII: reflexión sobre la mujer norteafricana en Disertaciones y opúsculos

Introducción: Imagen actual de la mujer islámica

Debido a muchos factores, por suerte o por desgracia, hoy día tenemos la visión de una mujer islámica anclada en el medievo y sometida al poder del hombre que la anula como ser humano y la coloca en un segundo plano, o en ninguno, dentro de la sociedad islámica actual. De este modo, comparando a las mujeres islámicas con las mujeres occidentales, muy difícilmente podremos entender por qué y de qué manera funciona la sociedad islámica y de qué modo ha evolucionado mucho o poco desde la Edad Media.
En el caso de Al Andalus parece ser que las mujeres se diferenciaron de otras mujeres pertenecientes a otras sociedades islámicas1. Estas ciertas diferencias vienen dadas por los elementos hispanocristianos preexistentes, por la peculiar posición de la mujer en la legislación visigoda (bastante preeminente comparada con la franca) y los aportes beréberes.
Lo que se pretende con este trabajo es reconocer el valor de la mujer en estos tiempos de conquistas como elemento unificador de las “tres culturas” de la Península Ibérica y como parte activa en la evolución literaria, musical, espiritual y cultural andalusí. Por ello, se intentará desmitificar a la mujer andalusí y liberarla de la imagen clásica de cantora encerrada en un harén califal (debido a la desacertada aportación de los orientalistas que ofrecieron esta imagen mítica de las mujeres islámicas).
En estas últimas décadas un importante grupo de investigadoras (y algún que otro investigador) han emprendido un proyecto de identificación y recuperación de las mujeres en Al Andalus, tanto desde la perspectiva de las relaciones sociales como desde la singularidad de algunas de ellas2.
Para la realización de este trabajo se ha contado con la ayuda de diversas obras centradas en el mundo islámico y sobre todo en el mundo social andalusí; entre ellos: Julio Cortés, Miguel Cruz Hernández, Gloria López de la Plaza, Reyna Pastor y Pierre Guichard, entre otros.
En estas sociedades tan complejas no cabe, de ninguna de las maneras, que pudiera existir un único tipo de mujer; de este modo, iremos analizando detenidamente cuántos tipos de mujeres se conocen en el territorio de Al-Andalus y cuáles eran sus funciones dentro de la sociedad andalusí; para finalmente adentrarnos en el espacio reservado a la oración (la mezquita) y la actuación de la mujer dentro de ese espacio, concluyendo con la posición de la mujer en la Ley Coránica.
En definitiva, veremos como la condición de la mujer ha cambiado radicalmente a finales del siglo XIX y durante el siglo XX (con respecto a la Edad Media y Moderna), aunque en nuestro país hoy día se siguen dando ciertos comportamientos que podríamos calificar de “medievales” con respecto a la mujer, creyendo aún que las mujeres de las sociedades occidentales gozan de una mayor libertad que las de las sociedades islámicas.
Así que vemos que el problema no era ser mujer musulmana, sino ser mujer (al igual que lo era en el resto del mundo).

Mujeres libres

¿Qué entenderíamos como “mujer libre” hoy día? En el mundo islámico sería algo radicalmente distinto a lo que entendemos ahora como “mujer libre”. En principio la mujer libre islámica sería la mujer que no estaba encerrada en un harén, sino la que estaba casada o sometida, en su defecto, a su padre o hermano. Estas mujeres son un elemento secundario en la sociedad andalusí3.
En el caso beduino la mujer siempre sería considerada como algo sagrado que debe ser protegido de la profanación. De este modo, la mujer desempeña un papel vital y único en la preservación del honor de su clan4.
Bajo el punto de vista europeo y actual, ambos modelos de preservación de la mujer (tanto la libre como la esclava) serían formas de enclaustramiento; y de ahí la identificación que hacemos hoy día de la falta de libertad femenina con el velo. Ese velo fue tomado como forma de preservar a las mujeres del deseo de los miembros de otras tribus y de los extranjeros, sobre todo en las civilizaciones urbanas del Próximo Oriente5. Cabe destacar que los conceptos “harén” y “velo” son ya conocidos en las sociedades preislámicas; aparecen en el Antiguo Egipto, Grecia y en la cultura judeo-cristiana6. El concepto de “velo” fue tomado por el Profeta durante un período agitado en los comienzos del Islam, donde añade una aleya con carácter excepcional y que determina enormemente la religión musulmana, que introduce la ruptura del espacio; es decir, la separación entre lo público y lo privado, entre lo profano y lo sagrado; pero que va a orientarse hacia una segregación de los dos sexos7. Aunque la memoria colectiva lo haya olvidado hoy día, el velo era algo característico de las tres grandes religiones monoteístas del mundo; si no es de este modo, ¿qué sería entonces el velo que se seguían poniendo las mujeres en las iglesias españolas hasta la Transición cuando el párroco ofrecía a los fieles el sacramento de la Eucaristía? ¿Acaso eso no es la necesidad de preservar a las mujeres de las miradas ajenas?
Otra contradicción con la visión europea es la negación al acceso a la cultura que se les hacía a las mujeres libres. Sólo las esclavas podían acceder a una educación refinada y, en casos concretos, hijas o esposas de ulemas, y demás cargos importantes de la sociedad andalusí, podían acceder a la cultura y convertirse en poetisas, místicas, estudiosas del Corán e incluso juristas8, sobre todo durante el período califal y durante los Reinos Taifas9. Pero el problema no es que se negara la educación a una mujer por pertenecer a un tipo determinado, sino que sólo accedían a la cultura aquellas que pertenecían a clases acomodadas de la sociedad andalusí (algo que hoy día ha cambiado en la sociedad española afortunadamente).
Según afirma Sánchez Albornoz10 en su obra El Islam de España y el Occidente, “los musulmanes de España otorgaban a la mujer una singular libertad callejera, de difícil vinculación con los usos islámicos; lo prueban algunas noticias del Collar de la Paloma de Ibn Hazm y varias conocidas anécdotas históricas. Y le concedían una consideración y un respeto de pura estirpe hispánica.” Pero, bajo mi punto de vista, esta visión de la mujer andalusí es bastante simbólica y mítica; ya que me cuesta creer que en la Edad Media alguna mujer tuviese una verdadera libertad de movimiento si había nacido en una familia tradicional y de clase modesta; si echamos la vista atrás (hace unos cincuenta años), las mujeres españolas, salvo excepciones, sólo salían de su casa para hacer la compra y trabajar, la que tuviera el consentimiento de su marido para hacerlo.
Según El Collar de la Paloma11 las mujeres andalusíes (hispano-musulmanas) de clase alta llevaban el característico velo como el resto de las mujeres islámicas, estaban enclaustradas y vigiladas de la mejor forma posible. Sólo se desprendían del velo en el círculo familiar o, en excepciones, cuando estaban en presencia de un compañero de juegos de la infancia. En realidad, la vida de las mujeres andalusíes no sería muy diferente a la vida de las mujeres del resto del mundo musulmán.
Ese enclaustramiento de las mujeres libres, legítimas, era más rígido cuanto más honorable era el linaje; y estas mujeres con las que los hombres contraían matrimonio no eran, salvo excepciones, aquellas a las que se amaban. Para las cosas del amor estaban las esclavas, sobre todo en el ambiente aristocrático y culto de las cortes andalusíes del siglo XI12.
Cierto es que en la Península Ibérica se alojaron tres formas distintas de organizar la sociedad y de considerar a las mujeres. Pero es una realidad que hubo procesos de contaminación y mestizaje entre las tres culturas13; así que mujeres musulmanas, judías y cristianas tuvieron un destino bastante parecido; ya que, como apuntaba en la introducción de este estudio, el problema no era ser mujer musulmana, sino ser mujer. 
Mujeres esclavas

Como hemos apuntado anteriormente, las mujeres retenidas en los harenes eran las depositarias de la cultura, porque de ellas no se esperaba el recogimiento ético y moral que se exigía a las demás mujeres musulmanas14. Como ocurre del mismo modo en el occidente cristiano, estas mujeres eran las que daban “el tono” a la sociedad15. Estas yawari incluso podían acceder fácilmente al estatuto de esposas legítimas por medio de la emancipación o dando un hijo a su dueño y convirtiéndose en ummahat awlad (concubinas madres, emancipadas a la muerte del amo o dueño)16.
Las esclavas siempre han sido un mito literario, sobre todo en el Romanticismo del XIX; han sido los amores de los poetas (como así viene indicado en El Collar de la Paloma). Tanto éstas como las huríes del Paraíso, daban la nota de color a la sociedad y al más allá. Por ello, estas mujeres enclaustradas en los harenes eran envidiadas por otras tantas que llevaban el calificativo de “mujeres libres”, toda una contradicción. Uno de los motivos por los que se envidiaba de esta manera a las esclavas es porque eran las destinatarias del amor de los hombres importantes de la sociedad andalusí. Como ya se exponía en el capítulo anterior, normalmente no se contraía matrimonio con quien se amaba realmente17.
Según J.C. Vadet “el harén es un microcosmos al que su situación artificial, su delicadeza y su exotismo también, aíslan del gran mundo…contiene tantas esclavas cantoras como princesas y a menudo estas últimas se amoldan al modelo de las primeras cuando no tienen por madre una yariya…”18.
Las esclavas eran las mujeres idóneas de las que los hombres se podían enamorar fácilmente, ya que eran las que frecuentaban las fiestas (de las cuales ellas son el principal ornamento) y las que no llevaban velo. De este modo, la función de las esclavas es agradar y seducir, mediante unos recursos vedados a las mujeres libres y a las esposas legítimas. De ahí el gran atractivo que ejercen sobre los hombres que las frecuentan. El dueño de una esclava piensa reservarse los favores de ella, mientras que la esclava puede enamorarse de otro hombre u otro hombre puede enamorarse de ella19.
A parte de estar educadas para el placer intelectual y para el placer físico, participan activamente en las tertulias masculinas, amenizan con su música y canto las veladas en los salones o jardines palaciegos. También se especializaban en trabajos de secretaría o caligrafía y reciben una formación completa que les permite adornar su conversación o redactar epístolas en prosa rimada20.
Incluso tenemos algunos nombres de esclavas compradas para amenizar las cortes andalusíes; entre ellas, la esclava cantora al-`Ayfa´ comprada por `Abd al-Rahman I, que cantaba antes en Medina, así como a otras mediníes: Fadl y `Alam21. Las esclavas cantoras eran muy cotizadas, sobre todo durante los Reinos Taifas; incluso un solo señor poseía a varías de ellas.
En definitiva, bajo mi punto de vista, ser mujer en Al Andalus era algo arriesgado y quizás difícil de sobrellevar; ya que quizás muchas de las mujeres libres (enclaustradas en su casa bajo dominio de sus maridos) desearían estar encerradas en un harén califal rodeadas de toda clase de lujos y tener la oportunidad de recibir una formación específica, aunque siguieran viviendo en cautividad.

Mujeres místicas y cultas

Al hablar de mujeres místicas hablamos de mujeres entregadas al sufismo; es decir “estar con Alá sin otro vínculo fuera de Él”22. Esta corriente no hace acepción de géneros.
La precursora más sobresaliente en los primeros tiempos del sufismo fue Rabi`a al-`Adawiyya de Basra; se volcó en las prácticas ascéticas y cambió el canto profano por el canto al Amor Puro. También eran destacadas dos sevillanas sufíes: Sol, llamada también Jazmín o la Madre de los pobres (vivía en Marchena). La otra fue Nunca Fátima, hija del cordobés Ibn al-Muthanna23. Ambas vivían en la más absoluta pobreza como una elección propia para favorecer el ejercicio del estudio y la espiritualidad24.
Las ascetas de Córdoba disponían de una residencia denominada dar sukna al-nisa' o salihat al­nisa', según el testimonio aportado por Ibn Sahl. Se dedicaban al culto, a la veneración divina y a las obras piadosas, renunciando a los placeres de la vida. Por ello, cuando una de estas ascetas optaba por contraer matrimonio, la anomalía del acto desencadenaba una amplia polémica entre los jurisconsultos.
¿Por qué muchas de estas mujeres sobresalientes se dedicaron a la espiritualidad? Seguramente porque era la única vía libre dentro de la ortodoxia para las mujeres musulmanas cuyas inquietudes caminaban hacia la profundización de su relación para con Dios; en definitiva: el estudio, la piedad y el ascetismo25.
Pero no sólo existían mujeres místicas y ascetas, sino que nos encontramos con un gran número de mujeres piadosas, tradicionalistas, katibas, alfaquías, lectoras del Corán, alimat, escritoras de temas religiosos, predicadoras y santonas.
Durante el período que va desde el siglo IX al XII, aparece un grupo de mujeres que adquieren un protagonismo digno de estudio en la vida y en la producción cultural26. A estas mujeres cultas, que aparecen reflejadas en los diccionarios biográficos27, se les atribuye –por ejemplo- la creación de las “jarchas” (versos finales agregados a poemas árabes escritos en lengua romance). En ellas se canta al amado y se expresa el deseo de reencontrarse con él28.

Tenemos conocimiento de 116 hijas de ulemas de Al Andalus que destacaron por su dedicación a la cultura profana. Estas mujeres y otras poetisas (algunas esclavas) sobresalieron por su dominio de la gramática, de la lengua y el derecho; y muchas de ellas se dedicaron al estudio de las tradiciones coránicas29.
Algo destacado en los diccionarios biográficos anteriormente citados es la falta de libertad que tenían estas mujeres cultas, que sólo se les permitía realizar sus actividades en un estricto ámbito familiar y en el círculo de sus maestros30. Incluso cuando estas mujeres estudiaban fuera del ámbito familiar, lo hacían acompañadas de sus padres o esposos. Y si ello no era posible, se recurría al método del velo entre maestro y alumna.
Durante la segunda mitad del siglo XI, en pleno auge del reinado de Al Hakam II, se crea la Biblioteca Califal de Córdoba; convirtiéndose en el mayor centro de difusión cultural del occidente de la época31. Allí no sólo tenían acceso los hombres más distinguidos y notables de la época, sino las mujeres dedicadas al estudio que rondaban la sede califal. Entre ellas destaca una esclava de Al Hakam II, Lubna, que ejercía funciones de traductora y experta en cálculo, métrica y caligrafía. También eran asiduas a esta biblioteca mujeres libres y adineradas; como es el caso de Aisa bint Ahmad Ibn Muhammad Ibn Qadim, erudita y gran poeta. Entre otras, la mawala Fátima bint Zakariyya Ibn Abd Allah as-Sabular de los Banú Umayya, que ejercía de calígrafa en la Biblioteca; y la esclava emancipada por Al Hakam II, Radiya, convertida a mawala del Califa y trabajó como katiba (sistematizar y organizar la correspondencia, poseyendo el “sello califal”) y recitadora del Corán32.
Otras mujeres destacaron en el campo de la jurisprudencia y la aplicación de la legislación islámica (figh); sobre todo las cordobesas Ibnat Said al-Balluti e Ibnat Faiz al Qurtubi (especialista en comentarios y explicaciones del Coran o tafsir)33.
Pero quizás la mujer culta más conocida de todo Al Andalus sea Wallada Bint Al-Mustakfi, la poetisa aristócrata de los Reinos Taifas y amante de Ibn Zaydun34. Caracterizada por su vida libertina y por sus reuniones con los hombres más notables y cultos de toda Córdoba. Entre sus famosos poemas, destacamos:


Sobre el hombro derecho llevaba escrito este verso:
Estoy hecha, por Dios, para la gloria,
y camino orgullosa, por mi propio camino.
Y sobre el izquierdo:
Doy mi poder a mi amante sobre mi mejilla
y mis besos ofrezco a quien los desea.”

Cuando caiga la tarde, espera mi visita,
pues veo que la noche es quien mejor encubre los secretos;
siento un amor por ti que si los astros lo sintiesen
no brillaría el Sol,
ni la Luna saldría, y las estrellas
no emprenderían su viaje nocturno.”


Mujeres piadosas y mujeres en torno a los cementerios

Las fundaciones pías eran el ámbito religioso donde se movían las mujeres laicas, que normalmente pertenecían a una alta condición social. Estas mujeres protagonizaron iniciativas fundacionales de tipo piadoso; aunque por objetivos sociales y políticos, ya que una fundación pía requiere una inversión que no estaría al alcance de una mujer con pocos recursos económicos y de una baja condición social: aportaciones económicas para la creación de lugares de culto o restauración de mezquitas. Antes del siglo XIV no tenemos noticias de donaciones particulares de carácter piadoso o caritativo realizadas por mujeres, pero es posible que existieran con posterioridad35. Estas mujeres eran, sin duda, parte activa en la creación y modificación urbana.
Estas obras de caridad se hacían por un motivo bastante trivial: por rivalizar con las demás favoritas del Califa o de los grandes señores. Casi todas estas mujeres llevaron a cabo una obra pía donde se colocaba el nombre de la fundadora36. Todas estas mujeres querían llegar a ser buena hija, buena esposa, buena madre, buena creyente y buena cuidadora (la saliha medieval).
En la Córdoba Omeya incluso había mujeres que fundaban cementerios, a parte de visitarlos. De esa visita a cementerios podemos decir que es un elemento más en la vida pública de las mujeres musulmanas; es una permanencia de la relación con los parientes fallecidos lo que se plasma en esas visitas a los cementerios37 y donde estas mujeres acuden vestidas de blanco (color del luto islámico en occidente). A parte de ser una acción en recuerdo a los fallecidos, es un lugar donde los hombres abordan a estas mujeres incluso ayudados por alcahuetas.
Algunas de estas mujeres ejercían de plañideras en los cementerios (na`iha), aunque es un oficio reprobado por el Islam y de carácter específicamente femenino38. Este ejercicio es desarrollado legalmente a cambio de un salario, pero lo común es que cualquier mujer actúe de plañidera a la muerte de un familiar o un vecino. Estas últimas pertenecerían a una de las dos categorías que se conocen de plañideras, en cuya actitud prima el llanto. El otro grupo, el de las profesionales, son característicos los gritos y los golpes acompañados de lloros. Debido a que estas manifestaciones están prohibidas, son castigadas dependiendo de las veces que cometan estas acciones. Lo condenable no es que expresen su dolor, sino que lo hagan en público; ya que las mujeres son las depositarias del honor familiar39. Aunque también es cierto que el ámbito del cementerio es un lugar relajado para las mujeres, donde el control de los miembros masculinos de la familia casi desaparece. Pero debe añadirse que en la legislación estaba prohibido que las mujeres acudieran a los cementerios, aún así siguieron acudiendo al cementerio después de la oración del Viernes en la Mezquita Mayor desde el siglo IX al XV.
En los aledaños al cementerio se colocaban puestos donde se vendía bebidas y comidas, y las mujeres colocaban tiendas de campaña para preservar su intimidad y también para recibir las visitas de los hombres que se interesaban por ellas. Este hecho podríamos compararlo con la función de la Misa del Domingo en las iglesias católicas, donde los amantes se encontraban para intercambiar miradas y gestos mientras los demás fieles rezaban y escuchaban la oración del párroco.

La mujer en la mezquita

Las mujeres al estar equiparadas al mismo nivel que los hombres en el Corán, al no ser creyentes de segundo orden, deben practicar los 5 Pilares de la misma manera (o a veces con excepciones según el caso) que los creyentes de sexo masculino.
Con respecto a la Profesión de Fe o Sa`hada -a parte de cumplirla- deben comprometerse a respetar unas normas de actuación que se refieren a los “delitos sexuales” (adulterio y sus consecuencias). También se les obliga a jurar sobre la unicidad de Dios y su futura obediencia respecto a los preceptos islámicos y las autoridades religiosas temporales40. A parte de este Pilar, existe un precepto relacionado con la Oración; es decir, la purificación y ablución. La ablución o al-wadu debe realizarse antes de orar, mientras que la purificación o at-tahur es obligatoria para la oración del Viernes, el primer día de Ramadán, el día del Sacrificio del Carnero, al entrar en La Meca, por arrepentimiento y tras la menstruación o parto41. Estos ritos son lavados de ciertas partes del cuerpo, en el caso de la mujer desciende el número de miembros a lavar. Pero, por ejemplo, la mujer que acaba de menstruar debe purificarse frotándose la cara y pasando sus manos sobre todos los miembros y articulaciones. Es algo bastante curioso y ejemplificador con respecto al trato y la relación de la mujer con la oración, la invalidación de una oración si alguno de los participantes sufre una hemorragia, algo muy frecuente en las mujeres. En tal caso el imán o la propia mujer debían purificar la sangre y repetir la oración. También la ablución queda invalidada por una hemorragia durante la misma42. Por tanto, no es que se negara a la mujer para la realización de ciertas acciones, sino que por medio de prohibiciones aparentemente generales para todos los creyentes se marginaba automáticamente a las mujeres.
Las mujeres para orar debían llevar cubierto todo el cuerpo excepto la cara, las manos y los pies. Si era esclava podía dejar al descubierto sus brazos, aunque se recomendaba que sólo llevaran descubierta la cabeza. Para la oración privada las mujeres llevaban ropas más cómodas; de todos modos, el pelo debía recogerse antes de la oración, pero no durante la misma43. El calzado no podía ser de cuero crudo, pero sí curado o de lana.
Con respecto a la Oración del Viernes las mujeres eran colocadas en diferentes lugares dentro de la Mezquita Mayor: las casadas se acomodaban en las últimas filas (detrás de los muchachos y éstos detrás de los hombres), las jóvenes vírgenes no estaban obligadas a ir a la Mezquita (sólo si hubiese un lugar apartado para ellas, lejos de las miradas de los demás musulmanes y totalmente tapadas). Al acabar la oración salían de la Mezquita todas las mujeres y luego los demás fieles. Tampoco iban a la Oración del Viernes las mujeres afectadas por la impureza legal (menstruación o retiro legal por viudedad o divorcio). Las mujeres menstruantes son consideradas como impuras y no deben orar, volverse a La Meca, leer el Corán, ni entrar en una mezquita. Según aparece en los textos, en Al Andalus existía un escaso fervor religioso por parte de las mujeres; sobre todo las valencianas.
Las mujeres practicaban el Ramadán a los 14 años o antes si ya tuviesen la menstruación. Las mujeres en avanzado estado de gestación y las lactantes podían negarse a ayunar si ello conllevaba un riesgo para su salud o la de su hijo44. A cambio debían compensar su exención dando de comer a un pobre y recuperando el ayuno tras el parto y la consiguiente purificación o después del destete, en su caso. La mujer que está menstruando puede llegar a tener prohibido el ayuno, porque su impureza la hace ser indigna a Dios45.
La limosna legal (zakat) debe ser pagada por hombres como por mujeres. Sin embargo la limosna voluntaria se engloba dentro de las obras pías, de este modo están llamados a ella tanto hombres como mujeres (como vimos en el capítulo anterior)
Las mujeres debían contar con el consentimiento del marido para realizar la Peregrinación a La Meca; éste no podía impedírselo, pero si retrasar el viaje46. De la misma manera que la presencia de las mujeres en la Mezquita, se intentaba que durante las tres procesiones rituales de La Meca las mujeres no estuviesen presentes: por ello si comenzaban a menstruar debían abandonar las ceremonias (ya que se encontraban en estado de impureza) y no se permitían ni relaciones sexuales ni bodas durante la Peregrinación. Durante esta Peregrinación debían ir cubiertas y no cortarse el pelo durante su estancia en La Meca; tampoco se les estaba permitido realizar ceremonias de fuerte contenido tradicional (por ejemplo las carreras de la procesión de la llegada o la del monte `Arafa)47.
En definitiva, las mujeres sólo podían actuar en un ámbito espacial estrictamente femenino y si sentían la necesidad de salir fuera de él, sólo encontraba obstáculos a su paso e impedimentos.

Condición de la mujer en el Corán

A continuación es preciso destacar algunas breves cuestiones sobre las mujeres que aparecen en el Corán y no han sido resaltadas en los capítulos anteriores.
Al comparar el Antiguo Testamento con el Corán y el tratamiento que se hace de la mujer en ambos libros sagrados, me llevé una grata sorpresa al ver cómo es exagerada la mala prensa que se hace sobre las costumbres islámicas con respecto a temas puntuales sobre el mundo femenino, el matrimonio y la familia (por ejemplo, los castigos y malos tratos a las mujeres); ya que, cierto es que se propone en el Corán el castigo corporal a las mujeres que no llevan a cabo sus funciones de “buena esposa”, “buena hija”, “buena madre”, etc...48; pero no con tanta crueldad como aparece en el Antiguo Testamento49 (aunque ninguno de los dos caso es para nada justificable desde el punto de vista de los Derechos Humanos).
En lo único que equipara el Corán a hombres y mujeres es en cuanto a la fe, ambos son creyentes de primer orden.
Con respecto a los castigos que deben darse a las mujeres esclavas, que son tomadas como esposas por sus amos, que vuelven a casarse o son adulteras, explica que deben sufrir la flagelación y añade que es la mitad del pecado que sufriría en ese caso una mujer libre50.
Según la traducción del Corán en la Edición de Julio Cortés “los hombres tienen autoridad sobre las mujeres en virtud de la preferencia que Dios ha dado a unos más que a otros y de los bienes que gastan”51; es decir, que en el mismo texto sagrado ya se coloca a la mujer en segundo plano por puro “capricho divino”. Y a continuación, en esa misma aleya, Dios en boca del Profeta añade que “las mujeres virtuosas son devotas y cuidan, en ausencia de sus maridos, de lo que Dios manda que cuiden”; en resumen, que en primera estancia el marido es el señor de la casa y en ausencia de él, Dios es el señor de la casa. Las mujeres no sólo se someten a Dios sino a los hombres, y estos últimos sólo rinden cuentas ante Dios.
En el Corán también hay lugar para las normas de educación y de modestia: explica cómo debe ir las creyentes y cómo deben actuar: bajando la vista con recato, que sean castas y no muestren más adorno que los que están a la vista, que cubran su escote con el velo y no exhiban sus adornos sino es a los miembros del entorno familiar52.
En consecuencia, es sabido que si alguna musulmana no sabe cómo actuar en un momento determinado debe acudir al Corán o a la Sunna; dónde se explicará con detalle todo lo referente a los modos de comportamiento en sociedad y los derechos y deberes de los creyentes.

Conclusión Final: ¿Ha cambiado la vida de la mujer musulmana?

En realidad no me atrevería a negar esta pregunta con total rotundidad. Es cierto que en todos los países islámicos las mujeres no actúan de la misma manera ni son tratadas de igual forma. Quizás los ejemplos más radicales de lo que podríamos llamar en occidente “mal trato a las mujeres” estaba en Afganistán con el antiguo régimen talibán o en Irán años atrás. Aunque también podríamos añadir las prácticas preislámicas (como la ablación), que hoy día nos horroriza tanto en el resto del mundo “civilizado”.
Pero en definitiva podríamos afirmar, de forma titubeante, que aún quedan muchos siglos para la liberación de la mujer islámica o quizás no ocurra nunca, ya que esa forma de pensar “a lo occidental” quizás no encajaría en el sistema o en el pensamiento islámico. Podríamos decir que son “dos mundos a parte”; aunque, en realidad, bajo mi punto de vista la mujer andaluza de hace unos 100 años no distaba mucho de una mujer islámica.
También es cierto que a una mujer se le trata de determinada manera dependiendo de su estatus social. Ejemplos tan claros como los que tenemos en Al Andalus son esenciales para comprender por qué existieron mujeres tan cultas y eruditas en el medio andalusí (algo que en la Europa cristiana medieval era casi inexistente); aunque sabemos que no todas eran hijas o esposas de ulemas y demás personalidades, ya que las esclavas palatinas también tuvieron acceso a una formación específica. Aún así este hecho se ha ido repitiendo a lo largo de la historia de las mujeres: sólo accedían a la cultura aquellas que tenían los medios suficientes para no tener la necesidad de trabajar y dedicarse al estudio; con excepción de las que daban su vida a Dios y vivían enclaustradas en los conventos.
Finalmente sólo añadir que la situación de la mujer ha cambiado poco a lo largo de la historia (excepto durante el siglo XX en occidente) sea cual sea la civilización en la que las mujeres se muevan; han sido siempre un elemento de segunda clase, un objeto sexual y un mecanismo reproductor. El problema es que en el mundo islámico no ha cambiado nada, o a penas nada, la situación de la mujer; y es por ello por lo que llama tanto la atención hoy día, porque es el resquicio de cómo se ha considerado siempre a la mujer, cosa que la memoria colectiva olvida y acusa a otras civilizaciones de inhumanas como si el llamado “mundo civilizado” o “primer mundo” hubiera resurgido de la nada con la Declaración de los Derechos Humanos impresa.


1 Flapish-Zuber, Christiane; Galmani, Georges; García Ohlrich, Cristina; Historia de las mujeres en occidente, La edad media, vol. 2, Madrid, 1992, p 547.
2 M. Zavala, Iris (ed); Feminismos, cuerpos, escrituras; Santa Cruz de Tenerife, 2000, p 103.
3 López de la Plaza, Gloria; Al Andalus: Mujeres, sociedad y religión; Málaga, 1992, p 37.
4 Guichard, Pierre; Al-Andalus. Estructura antropológica de una sociedad islámica de occidente, Granada, 1998, p 78.
5 Íbidem, p 110.
6 López de la Plaza, Gloria; Al Andalus: Mujeres, sociedad y religión; Málaga, 1992, pp. 42, 42.
7 Mernissi, Fátima; El harén político, el Profeta y las mujeres; Madrid, 1999, p 116.
8 Guichard, Pierre; Al-Andalus. Estructura antropológica de una sociedad islámica de occidente, Granada, 1998, p 116.
9 Cruz Hernández, Miguel; El Islam de Al Andalus. Historia y estructura de su realidad social, Madrid, 1996, p 243.
10 Reflexión recogida en la obra de Pierre Guichard, p 147.
11 Idea extraída de la obra de P. Guichard, p 163.
12 Esta información de Ibn Hazm aparece en la obra de Pierre Guichard, p 165.
13 Flapish-Zuber, Christiane; Galmani, Georges; García Ohlrich, Cristina; Historia de las mujeres en occidente, La Edad Media, vol. 2, Madrid, 1992, p 547.
14 López de la Plaza, Gloria; Al-Andalus: Mujeres, sociedad y religión; Málaga, 1992, p 73.
15 Guichard, Pierre; Al-Andalus. Estructura antropológica de una sociedad islámica de occidente, Granada, 1998, 116.
16Íbidem, p 116.
17 Íbidem, p 165.
18 Reflexión extraída de la obra anterior de P. Guichard, p 166.
19 Íbidem, p 168.
20 Flapish-Zuber, Christiane; Galmani, Georges; García Ohlrich, Cristina; Historia de las mujeres en occidente, La Edad Media, vol. 2, Madrid, 1992, p 559.
21 Fernández Manzano, Reynaldo; De Santiago Simón, Emilio; Música y poesía al sur de Al-Andalus; Comité de Honor del Legado Andalusí, Reales Alcázares, Sevilla, 5 de Abril al 15 de Julio, 1995, p 35.
22 Según Yunayd en la obra de Juan Antonio Pacheco, La espiritualidad islámica en la Andalucía medieval, 2001, Sevilla, p 167.
23 Íbidem, p 168.
24 M. Zavala, Iris (ed); Feminismos, cuerpos, escrituras; Santa Cruz de Tenerife, 2000, p 117.
25 López de la Plaza, Gloria; Al-Andalus: Mujeres, sociedad y religión; Málaga, 1992, p 80.
26 M. Zavala, Iris (ed); Feminismos, cuerpos, escrituras; Santa Cruz de Tenerife, 2000, p 105.
27 Flapish-Zuber, Christiane; Galmani, Georges; García Ohlrich, Cristina; Historia de las mujeres en occidente, La Edad Media, vol. 2, Madrid, 1992, p 554.
28 Pastor, Reyna; Textos para la historia de las mujeres en la Edad Media. Al-Andalus y Reinos Occidentales Cristianos medievales; en: Textos para la historia de las mujeres en España; Madrid, 1994, p 126.
29 Íbidem, p 126.
30 Flapish-Zuber, Christiane; Galmani, Georges; García Ohlrich, Cristina; Historia de las mujeres en occidente, La Edad Media, vol. 2, Madrid, 1992, p 557.
31 M. Zavala, Iris (ed); Feminismos, cuerpos, escrituras; Santa Cruz de Tenerife, 2000, p 114.
32 Íbidem, p 115.
33 Íbidem, p 116.
34 Pastor, Reyna; Textos para la historia de las mujeres en la Edad Media. Al-Andalus y Reinos Occidentales Cristianos medievales; en: Textos para la historia de las mujeres en España; Madrid, 1994, p135.
35 López de la Plaza, Gloria; Al-Andalus: Mujeres, sociedad y religión; Málaga, 1992, pp. 66 y 67.
36 Íbidem, p 67.
37 Íbidem, p 111.
38 Ibidem, p 114.
39 Íbidem, p 116.
40 Ibidem, p 46.
41 Ibidem, p 47.
42 Ibidem, p 48.
43 Íbidem, p 49.
44 ConferenciaEl Ramadándentro del Ciclo de ConferenciasNavidad dulce Navidad(Dr. Miura Andrade), Universidad Pablo de Olavide, 2004.
45 López de la Plaza, Gloria; Al-Andalus: Mujeres, sociedad y religión; Málaga, 1992, p 51.
46 Íbidem, p 52
47 Íbidem, p 54
48 Cortés, Julio (ed); El Corán, Barcelona, 2000, p 153 / Sura 4, Aleya 34.
49 Antiguo Testamento, Levítico 21:9.
50 Cortés, Julio (ed); El Corán, Barcelona, 2000, p 151 / Sura 4, Aleya 25.
51 Íbidem, p 153 / Sura 4, Aleya 34.
52 Íbidem, p 415 / Sura 24, Aleya 31.




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La mujer en Al Andalus desde la Literatura Medieval y el Corán. por Laura Tinajero Márquez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
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