El Bécquer atemporal:
En sombra, en polvo, en humo, en tierra...
Comienzo así la reseña de la primera novela, que no única obra, de Antonio Puente Mayor, La sombra de Bécquer, con el último verso de uno de los sonetos más famosos de Luis de Góngora pero en retroceso, de atrás hacia adelante: aquél que escribiera como cover que diríamos hoy día del también intemporal soneto XXIII de Garcilaso de la Vega dedicado al mantra horaciano del carpe diem.
De
primeras, desde el mismo Prólogo, sorprende la rapidez en la que te
introduces en ese sótano que nos pintan tenebroso, que lo puede ser,
del Panteón de Sevillanos Ilustres de la Facultad de Bellas Artes de
Sevilla en el 2003, año de las investigaciones que se llevaron a
cabo por un grupo de profesionales de diferentes ámbitos y que, una
vez dentro, se muestra frío y gris tal como nos mostraban los
góticos románticos en esas estampas de lugares abandonados y
sombríos, esa evasión y viaje a la muerte.
Ya en el
primer capítulo, su retórica narrativa recuerda mucho a autores
actuales como Nerea Riesco, por ejemplo en El elefante de marfil que
también se centra en la Sevilla Antigua; en este caso, en la de
finales del XVIII y el famoso terremoto de Lisboa que destruyó parte
de La Catedral. Por tanto, es una novela fácil de leer, para todos
los públicos y con diferentes lecturas dependiendo de la edad del
lector: para los más mayores, una recreación de la figura de ese
joven Bécquer desconocido antes de irse a Madrid; y por otra parte,
ese descubrimiento de un poeta que a los adolescentes les suena de
algo, dicen sufrirlo en 4º de la ESO (sobre todo los chicos porque
las chicas con ver el magnífico retrato, idealizado, que realizó
del poeta su hermano Valeriano...) y admiten disfrutarlo cuando
repasan su lírica para adentrarse en el post-romanticismo español de Juan Ramón Jiménez (que ya sabemos que no es lo mismo que el
europeo donde se agarraría como clavo ardiendo nuestro querido
Gustavo Adolfo) ya en 2º de Bachillerato.
Se pueden
diferenciar dos partes en esta novela: del capítulo primero al
noveno, de corte más juvenil, donde los adolescentes que lean esta
obra queden atrapados por ella; y del décimo en adelante, donde
tanto jóvenes como mayores podemos entrar en ese juego de intriga
entre la realidad y la ensoñación o la parapsicología. Desde el
primer capítulo hasta el noveno, se intenta vislumbrar la trama y me
es imposible dejar de hacer conjeturas sobre qué pasará; pero
llegado el Capítulo 10, empieza el suspense puro, la investigación
de la joven protagonista, una chica de 15 años llamada Dalia y
estudiante de 4º de la ESO en un centro educativo que conozco por
haber dado clases allí durante un par de cursos, el IES Nervión.
La manera
en la que Antonio Puente Mayor describe los sentimientos de la
protagonista es sumamente gráfica y clara, sin lugar a especular
sobre la actitud de ella y cómo se siente. Se podría resumir estas
imágenes casi cinematográficas con la siguiente afirmación que se
expresa en el Capítulo 11 de la novela: (…) en materia de
sentimientos no existe fórmula estricta para medir la longitud de
las decepciones. Y no sólo con
respecto a Dalia, también en cómo describe la sensación de falta
de apego del padre de ésta cuando regresa de cada viaje laboral y
tiene que retomar de nuevo la relación familiar y de pareja con
Marina, su mujer y madre de la protagonista.
Realmente
es un texto que por su trama romántica en el sentido más actual de
la palabra, el registro coloquial utilizado para explicar la forma en
la que se comunican los jóvenes de hoy día y su frescura en los
diálogos, capta de lleno la atención de los chavales y les
hace zambullirse en esa Sevilla del XIX que en poco se diferencia con
la actual por mucha incipiente arquitectura del XXI que tengamos. Muy
recomendable para los adolescentes que se les hace tedioso el estudio
de la Historia de la Literatura, ya que tras picarles la curiosidad
de cómo era y cómo escribía este personaje de La sombra de
Bécquer, puedan entrar más fácilmente en su obra, en el primer
Juan Ramón y de ahí al resto de las etapas de éste último que
son, sin duda, resumen perfecto de la lírica española de finales
del siglo XIX y principios del XX. Si a Juan Ramón tenemos que
considerarle Padre Espiritual de
la Generación del 27, no cabe duda que a Gustavo Adolfo deberíamos
renombrarle como el Abuelo Omnipresente de
toda la lírica que le siguió no sólo en España sino en
Latinoamérica por mucho que la crítica afirme que éstos que
bebieron directamente de las fuentes simbolistas francesas para crear
un nuevo estilo, el Modernismo.
Definitivamente
es un incentivo más para visitar y mirar con otros ojos esos lugares
de la Sevilla antes de la Exposición del 29, casi 100 años, que
también forman parte de las postales de souvenir. Un
claro ejemplo es ese arte férreo en nuestra ciudad, y no hablo de
trenes, sino de esas grandes obras de arte metálicas de las que nos
queda tan poco. En esta novela de Antonio Puente Mayor se menciona
una de ellas y es, ni más ni menos, que la obra metálica más
representativa de nuestra ciudad: el Puente de Triana, a cuya
inauguración asistió el joven Gustavo Adolfo según su diario
personal.
La sombra de Bécquer es, sin duda, una obra muy recomendable para
pasar un buen rato aprendiendo sobre ese joven poeta, esa ciudad
pintoresca y vaporosa, llena de encanto; con una trama muy actual que
atrae, engancha, entretiene desde las primeras líneas y donde Dalia,
la protagonista, es un eje vertebrador perfecto entre el pasado y el
presente de nuestra ciudad. Una ciudad que ha cambiado en lo formal
pero no en su esencia ni en su romanticismo más misterioso.
Laura Tinajero

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