sábado, 25 de enero de 2014

Reseña de La sombra de Bécquer, de Antonio Puente Mayor


El Bécquer atemporal: En sombra, en polvo, en humo, en tierra... 


Comienzo así la reseña de la primera novela, que no única obra, de Antonio Puente Mayor, La sombra de Bécquer, con el último verso de uno de los sonetos más famosos de Luis de Góngora pero en retroceso, de atrás hacia adelante: aquél que escribiera como cover que diríamos hoy día del también intemporal soneto XXIII de Garcilaso de la Vega dedicado al mantra horaciano del carpe diem.

De primeras, desde el mismo Prólogo, sorprende la rapidez en la que te introduces en ese sótano que nos pintan tenebroso, que lo puede ser, del Panteón de Sevillanos Ilustres de la Facultad de Bellas Artes de Sevilla en el 2003, año de las investigaciones que se llevaron a cabo por un grupo de profesionales de diferentes ámbitos y que, una vez dentro, se muestra frío y gris tal como nos mostraban los góticos románticos en esas estampas de lugares abandonados y sombríos, esa evasión y viaje a la muerte.

Ya en el primer capítulo, su retórica narrativa recuerda mucho a autores actuales como Nerea Riesco, por ejemplo en El elefante de marfil que también se centra en la Sevilla Antigua; en este caso, en la de finales del XVIII y el famoso terremoto de Lisboa que destruyó parte de La Catedral. Por tanto, es una novela fácil de leer, para todos los públicos y con diferentes lecturas dependiendo de la edad del lector: para los más mayores, una recreación de la figura de ese joven Bécquer desconocido antes de irse a Madrid; y por otra parte, ese descubrimiento de un poeta que a los adolescentes les suena de algo, dicen sufrirlo en 4º de la ESO (sobre todo los chicos porque las chicas con ver el magnífico retrato, idealizado, que realizó del poeta su hermano Valeriano...) y admiten disfrutarlo cuando repasan su lírica para adentrarse en el post-romanticismo español de Juan Ramón Jiménez (que ya sabemos que no es lo mismo que el europeo donde se agarraría como clavo ardiendo nuestro querido Gustavo Adolfo) ya en 2º de Bachillerato.

Se pueden diferenciar dos partes en esta novela: del capítulo primero al noveno, de corte más juvenil, donde los adolescentes que lean esta obra queden atrapados por ella; y del décimo en adelante, donde tanto jóvenes como mayores podemos entrar en ese juego de intriga entre la realidad y la ensoñación o la parapsicología. Desde el primer capítulo hasta el noveno, se intenta vislumbrar la trama y me es imposible dejar de hacer conjeturas sobre qué pasará; pero llegado el Capítulo 10, empieza el suspense puro, la investigación de la joven protagonista, una chica de 15 años llamada Dalia y estudiante de 4º de la ESO en un centro educativo que conozco por haber dado clases allí durante un par de cursos, el IES Nervión.

La manera en la que Antonio Puente Mayor describe los sentimientos de la protagonista es sumamente gráfica y clara, sin lugar a especular sobre la actitud de ella y cómo se siente. Se podría resumir estas imágenes casi cinematográficas con la siguiente afirmación que se expresa en el Capítulo 11 de la novela: (…) en materia de sentimientos no existe fórmula estricta para medir la longitud de las decepciones. Y no sólo con respecto a Dalia, también en cómo describe la sensación de falta de apego del padre de ésta cuando regresa de cada viaje laboral y tiene que retomar de nuevo la relación familiar y de pareja con Marina, su mujer y madre de la protagonista.

Realmente es un texto que por su trama romántica en el sentido más actual de la palabra, el registro coloquial utilizado para explicar la forma en la que se comunican los jóvenes de hoy día y su frescura en los diálogos, capta de lleno la atención de los chavales y les hace zambullirse en esa Sevilla del XIX que en poco se diferencia con la actual por mucha incipiente arquitectura del XXI que tengamos. Muy recomendable para los adolescentes que se les hace tedioso el estudio de la Historia de la Literatura, ya que tras picarles la curiosidad de cómo era y cómo escribía este personaje de La sombra de Bécquer, puedan entrar más fácilmente en su obra, en el primer Juan Ramón y de ahí al resto de las etapas de éste último que son, sin duda, resumen perfecto de la lírica española de finales del siglo XIX y principios del XX. Si a Juan Ramón tenemos que considerarle Padre Espiritual de la Generación del 27, no cabe duda que a Gustavo Adolfo deberíamos renombrarle como el Abuelo Omnipresente de toda la lírica que le siguió no sólo en España sino en Latinoamérica por mucho que la crítica afirme que éstos que bebieron directamente de las fuentes simbolistas francesas para crear un nuevo estilo, el Modernismo.

Definitivamente es un incentivo más para visitar y mirar con otros ojos esos lugares de la Sevilla antes de la Exposición del 29, casi 100 años, que también forman parte de las postales de souvenir. Un claro ejemplo es ese arte férreo en nuestra ciudad, y no hablo de trenes, sino de esas grandes obras de arte metálicas de las que nos queda tan poco. En esta novela de Antonio Puente Mayor se menciona una de ellas y es, ni más ni menos, que la obra metálica más representativa de nuestra ciudad: el Puente de Triana, a cuya inauguración asistió el joven Gustavo Adolfo según su diario personal.

La sombra de Bécquer es, sin duda, una obra muy recomendable para pasar un buen rato aprendiendo sobre ese joven poeta, esa ciudad pintoresca y vaporosa, llena de encanto; con una trama muy actual que atrae, engancha, entretiene desde las primeras líneas y donde Dalia, la protagonista, es un eje vertebrador perfecto entre el pasado y el presente de nuestra ciudad. Una ciudad que ha cambiado en lo formal pero no en su esencia ni en su romanticismo más misterioso.



                                                                                                                                                   Laura Tinajero

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