El gramófono de Heringer, una oda al inconformismo
Desde
su génesis en la Europa de finales del XIX el psicoanálisis ha
sido, a menudo, objeto de grandes controversias, despertando desde
siempre grandes pasiones tanto a favor como en contra, no sólo
entre la comunidad científica sino en niveles más cercanos a la
opinión pública. Entre las críticas más ácidas que se han hecho
a la teoría de su creador, el austriaco Sigmund Freud, la principal
ha sido la falta de objetividad de la observación y la dificultad de
derivar hipótesis específicas verificables a partir de la teoría.
Y aunque entre los círculos médicos e intelectuales de su tiempo
llegó a tener enemigos acérrimos (Karl Popper, Mario Bunge o Adolf
Grünbaum) así como leales defensores (caso de Carl Gustav Jung,
Otto Rank y Ernest Jones) en las capas sociales el debate fue mucho
más allá, pues además de suponer toda una revolución para la
psicología y pensamiento de la época, el hecho de tocar temas tabú
como el sexo lo etiquetó al punto de subversivo.
En
una sociedad actual salpicada de sobreinformación en la que el nivel
de muchos lectores ha aumentado merced a los estudios universitarios,
a la presencia constante de internet o al incremento de las
propuestas culturales, aquellos consumidores habituales de libros
estamos asistiendo a un progresivo aumento de la literatura
revisionista, ya sea en sus populares fórmulas de novela histórica,
ficción histórica o thriller histórico, o a través de
experimentos más alejados de los convencionalismos comerciales.
Partiendo
de esa difícil premisa la propuesta de Laura Tinajero es, por lo
pronto, significativa, pues ya desde su estructura sorprende al
lector invitándole a adentrarse en un género que, aunque clásico,
ha caído en desuso en los últimos tiempos. Este es el de la «novela
dialogada», cuyo paradigma hay que buscarlo en los albores de la
Edad Moderna, con la Tragicomedia
de Calixto y Melibea,
alcanzando siglos después sus cotas más altas en pleno realismo
galdosiano. De este modo El
gramófono de Heringer bebe de las fuentes más
puras de nuestra literatura, lo cual ya le imprime carácter, y a su
vez se articula como un juego de intriga contemporánea en el que
nada es lo que parece.
No
es casual que la autora haya elegido como escenario la ciudad de
Sevilla a finales de los años veinte, pues dentro de su propio
ejercicio de posmodernidad el contexto le permite establecer unos
paralelismos asombrosos entre la historia de su protagonista —la
inefable Claudia— y la propia urbe, cuya Exposición Iberoamericana
de 1929 es la mejor excusa para «cambiar de traje» en aras de la
modernidad, conservando su natural carácter. Ambas son entidades
donde la feminidad choca constantemente con los principios
establecidos, ambas representan las dos caras de una misma moneda y
por tanto ambas deben buscar el difícil equilibrio entre el pasado y
el presente, luchando sin tregua contra los convencionalismos en
busca de la sublimación de sus existencias.
Por
todo ello el trabajo de la sevillana es un soplo de aire fresco en la
anquilosada bibliografía actual, pues permite al lector viajar a una
época deslumbrante en la que los contrastes extremos envuelven a los
personajes en un ambiente cercano al realismo mágico
hispanoamericano —es difícil no entrever conexiones con la
producción de García Márquez o Vargas Llosa— e incluso al
aplaudido costumbrismo de Valera y Fernán Caballero, permitiendo
explorar nuestro propio subconsciente de un modo inesperado e
inhabitual. Quizás en su arranque peca de complejo por la abundancia
de situaciones y personajes en boca de un solo emisor (en este caso
la propia paciente del doctor Heringer) obligándonos a volver atrás
constantemente para ubicarlos debidamente, pero a medida que avanza
ese pequeño defecto pasa a ser irrelevante, pues la intensidad de la
historia nos atrapa de un modo definitivo. En suma, El gramófono
de Heringer es una lectura estimulante, alejada de los cauces
habituales del mercado y con muchos ingredientes para hacernos
reflexionar.
Antonio
Puente Mayor
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