lunes, 29 de septiembre de 2014

Crítica a El gramófono de Heringer, por Antonio Puente Mayor


El gramófono de Heringer, una oda al inconformismo


Desde su génesis en la Europa de finales del XIX el psicoanálisis ha sido, a menudo, objeto de grandes controversias, despertando desde siempre grandes pasiones tanto a favor como en contra, no sólo entre la comunidad científica sino en niveles más cercanos a la opinión pública. Entre las críticas más ácidas que se han hecho a la teoría de su creador, el austriaco Sigmund Freud, la principal ha sido la falta de objetividad de la observación y la dificultad de derivar hipótesis específicas verificables a partir de la teoría. Y aunque entre los círculos médicos e intelectuales de su tiempo llegó a tener enemigos acérrimos (Karl Popper, Mario Bunge o Adolf Grünbaum) así como leales defensores (caso de Carl Gustav Jung, Otto Rank y Ernest Jones) en las capas sociales el debate fue mucho más allá, pues además de suponer toda una revolución para la psicología y pensamiento de la época, el hecho de tocar temas tabú como el sexo lo etiquetó al punto de subversivo.

En una sociedad actual salpicada de sobreinformación en la que el nivel de muchos lectores ha aumentado merced a los estudios universitarios, a la presencia constante de internet o al incremento de las propuestas culturales, aquellos consumidores habituales de libros estamos asistiendo a un progresivo aumento de la literatura revisionista, ya sea en sus populares fórmulas de novela histórica, ficción histórica o thriller histórico, o a través de experimentos más alejados de los convencionalismos comerciales.

Partiendo de esa difícil premisa la propuesta de Laura Tinajero es, por lo pronto, significativa, pues ya desde su estructura sorprende al lector invitándole a adentrarse en un género que, aunque clásico, ha caído en desuso en los últimos tiempos. Este es el de la «novela dialogada», cuyo paradigma hay que buscarlo en los albores de la Edad Moderna, con la Tragicomedia de Calixto y Melibea, alcanzando siglos después sus cotas más altas en pleno realismo galdosiano. De este modo El gramófono de Heringer bebe de las fuentes más puras de nuestra literatura, lo cual ya le imprime carácter, y a su vez se articula como un juego de intriga contemporánea en el que nada es lo que parece.
No es casual que la autora haya elegido como escenario la ciudad de Sevilla a finales de los años veinte, pues dentro de su propio ejercicio de posmodernidad el contexto le permite establecer unos paralelismos asombrosos entre la historia de su protagonista —la inefable Claudia— y la propia urbe, cuya Exposición Iberoamericana de 1929 es la mejor excusa para «cambiar de traje» en aras de la modernidad, conservando su natural carácter. Ambas son entidades donde la feminidad choca constantemente con los principios establecidos, ambas representan las dos caras de una misma moneda y por tanto ambas deben buscar el difícil equilibrio entre el pasado y el presente, luchando sin tregua contra los convencionalismos en busca de la sublimación de sus existencias.

Por todo ello el trabajo de la sevillana es un soplo de aire fresco en la anquilosada bibliografía actual, pues permite al lector viajar a una época deslumbrante en la que los contrastes extremos envuelven a los personajes en un ambiente cercano al realismo mágico hispanoamericano —es difícil no entrever conexiones con la producción de García Márquez o Vargas Llosa— e incluso al aplaudido costumbrismo de Valera y Fernán Caballero, permitiendo explorar nuestro propio subconsciente de un modo inesperado e inhabitual. Quizás en su arranque peca de complejo por la abundancia de situaciones y personajes en boca de un solo emisor (en este caso la propia paciente del doctor Heringer) obligándonos a volver atrás constantemente para ubicarlos debidamente, pero a medida que avanza ese pequeño defecto pasa a ser irrelevante, pues la intensidad de la historia nos atrapa de un modo definitivo. En suma, El gramófono de Heringer es una lectura estimulante, alejada de los cauces habituales del mercado y con muchos ingredientes para hacernos reflexionar.

Antonio Puente Mayor

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